Mendobeatle - George Harrison - Tributo

Mendobeatle Especial

Muerte de George Harrison.

EL MUNDO LO LLORA.

Se abrió paso entre el genio de Lennon y McCartney a fuerza de canciones brillantes. Fue el Beatle más misterioso e impuso su misticismo en la banda, incorporando además sonidos orientales. Murió de cáncer.

"Prefiero ser un ex beatle antes que un ex nazi, pero de todos modos preferiría ser ex nada" (George Harrison, 1971)

 

En Londres, frente a Abbey Road, se improvisó un altar. También hubo procesiones en el Central Park de Nueva York.

Si hubiera que buscar una definición del talento según George Harrison habría que detenerse en esos cincuenta segundos que lleva el característico fraseo de guitarra de My Sweet Lord (Mi dulce señor). Más allá de que el primer éxito pos beatle de un beatle haya perdido un juicio de plagio (¿quién en el mundo piensa en el original de The Chiffons cuando canturrea esa canción-alabanza?), todo lo que la guitarra slide (una técnica heredada de la nostalgia de la música country) sugiere en esos cincuenta segundos, apreta en una molécula el mundo de sensaciones que hay detrás de las canciones, el carácter y hasta el retrato físico de Harrison como un joven artista. Que no haya querido repetir ese fraseo cuando la grabó de nuevo en diciembre de 2000 —una versión tan deshilachada como dolorosa— es signo inequívoco de que se estaba muriendo. Harrison esquivó las notas porque estaba dejando de ser.

Piense en las notas originales que tocó para esa canción pop que al instante pinta una polaroid de los primerísimos setenta. Cada nota es exactamente la nota que debió ser tocada y exhibe cada una de las sensaciones con las que se relaciona a Harrison. Había, hay allí, un sensación de sol tibio; un tono que da exacto con el crepúsculo en otoño. Y a la vez con una mueca agridulce de infancia feliz. Es imposible ahora no tener esa bendita línea de guitarra sonando en la cabeza; ahora que no hubo terapia de rayos suficiente para sacarle el cáncer de encima. Es imposible no pensar en que ese sonido debió volver como un suspiro sobre él, su mujer mexicana Olivia y su hijo Dhani ayer por la madrugada cuando se despidió del mundo en la casa de un amigo en Los Angeles.

Harrison que nació el 25 de febrero de 1943 era el único de los Beatles de Liverpool que tuvo una infancia relativamente feliz (es bueno aclararlo ahora que se han multiplicado clones de los Beatles en todo el mundo), al menos más estable que la de sus compañeros de banda. Ringo nació muy pobre y John y Paul se quedaron sin padre demasiado rápido. Hijo de un marino y una verdulera, fue uno de los tantos que se volcaron a la música de guitarras de la mano del skiffle, un sub género jazzero de connotación retro.

Está en el aire brumoso de Liverpool esa mueca agridulce que no parecía casual ni resultó una floritura de estilo en aquella frase de guitarra indeleble de My sweet Lord. Era él mismo sonando. Ya en plena beatlemanía, George escondía en ese ceño cejijunto un misterio de melancolía. Era "el tranquilo" de Los Beatles. El que los guió hacia la meditación trascendental (a ellos y a toda una generación entera de chicos que se volvieron hippies). El que se sintió más perturbado por el alarido impiadoso de la Beatlemanía. El que se dejó ir junto con el stone Brian Jones (que se fue demasiado: murió drogado en una pileta) en la vibración mística del sitar y también en el sonido ululante y, por entonces, novedoso del sintetizador moog. Sí, George Harrison grabó dos discos de música electrónica abstracta a fines de los sesenta. Desparejos y caprichosos pero pioneros al fin.

Volviendo al tema: My Sweet Lord no es la mejor canción de George Harrison —tal vez sí la más difundida junto con Something— pero esos cincuenta segundos representan a todas y cada una. Durante su vida beatle, Harrison escribió dieciocho canciones para el cuarteto. Empezó tímidamente, a su modo, con un rock: Don ''t Bother Me. Parecía una declaración de principios de acuerdo a los rasgos de su personalidad. No me molesten, empezaba diciendo el beatle tranqui, místico y enigmático.

Harrison no estaba en cualquier banda sino en el grupo de música más influyente del siglo XX. A la saga de una dupla compositora que ya en los sesenta reclamaba el bronce del arte occidental. De Paul McCartney se decía que era "Mozart"; de John Lennon que era "Picasso" o cualquier genio irreverente que sirviera como modelo de cumbre expresiva. De Harrison, pues, que era Harrison. Aunque hay una legión de músicos que apuntan al beatle tranquilo como su favorito.

Y ese es su gran mérito. Harrison logró tener una firma propia en medio de esas dos columnas de hércules que se levantaban tras el paréntesis Lennon-McCartney — (Lennon-McCartney)— con que se firmaban la mayor parte de las canciones de los Beatles.

A partir de Help! (¡Socorro!), Harrison comenzó también a ser un paréntesis reconocible en la lista de temas de los discos de Los Beatles. En ese disco definitivo (como todos, excepto Yellow Submarine) de 1965, el paréntesis le correspondía al guitarrazo evocativo de I Need You y a la atmósfera levitante y de precoz psicodelia de Tell Me What You See. El carácter artístico Harrison estaba en marcha.

A partir de allí, el beatle tranquilo construyó un planeta propio dentro de la galaxia beatle. Conjuró cuatro superclásicos de los años sesenta como Something —la canción que Sinatra, antibeatle confeso, confesó amar al punto que la cantaba—, While my Guitar Gently Weeps, Here Comes the Sun y If I Needed Someone. En esas cuatro canciones dejó escritos cientos de discos de grupos de rock pos beatle que se dedicaron a trabajar sobre la base de esa melancolía etérea e introspectiva que era el sello de la guitarra y la voz de George. Fundó una secta el beatle tranquilo: un desvío sutil de las canciones Lennon-Mc Cartney. O sea, una alternativa al paradigma de la canción pop tal como la conocemos.

El menor de Los Beatles sintonizaba su universo en La menor, ese acorde de la guitarra que sugiere a la vez desgano, tristeza y cierta angustia. Charly García suele decir que toda su vida gira en torno del Fa sostenido y el beatle George iluminó un camino a partir de un acorde. Su manera de cantar tan así nomás y sin esfuerzo como las de Joao Gilberto, el mito uruguayo Eduardo Mateo y el no menos mítico trovador inglés Nick Drake, estaba hecha a medida del mood (estado de ánimo) sugerido por ese acorde. Estaba, se diría, tan de acuerdo con su perfil bajo y su papel de beatle escondido.

Por eso, cuando se separaron Los Beatles, al tranquilo le sobrevino una catarsis y debutó como solista con un álbum triple que está entre lo mejor que han dado los cuatro de Liverpool en los años setenta. All Thing Must Pass (Todo debe suceder) se llamó ese álbum de tapa grisácea, tempranamente avejentada. Harrison nunca hizo nada mejor que ese disco después (fue más destacado por organizar festivales de caridad como Bangladesh y como productor de La vida de Brian), pero el peso específico de sus canciones se expandió lentamente como una nube hasta cubrir tres generaciones de artistas. Al punto que hoy se sigue hablando de una canción como harrisoniana tanto como se habla de una beatlesca.

Se podría hablar de Harrisongs, entonces, jugando con el inglés. La última canción que Harrison escribió (la última Harrisong, entonces) la hizo con su hijo Dhani. Se llamó Horse to the Water y fue incluída en el último disco del músico animador Jools Holland. Sorteando tratamientos apostó al humor (el regreso de la mueca agridulce) y la firmó como RIP Ltd. 2001.

Bueno, sabía cómo venía la mano. Ya en diciembre de 1999, casi se muere cuando en un increíble episodio un tipo lo acuchilló en su casa de Inglaterra. Lo salvó la bravura de su compañera Olivia esa vez, que peleó con el tipo hasta echarlo.

La noción de canción Harrison es tan potente que editar ahora un disco con las canciones que Harrison escribió para Los Beatles (de Don''t Bother Me a Old Brown Shoe) sería tanto un éxito comercial como un dechado de perfección estilística y también un objeto de culto para los que sintonizaron la frecuencia del beatle tranquilo todos estos años.

Para todos, en fin, los que se sienten extrañamente soleados y a la vez fríos; niños y súbitamente místicos, cada vez que suena ese rosario perfecto de notas comprendido en los primeros cincuenta segundos de My Sweet Lord, esa canción sobre Dios (ahí lo invoca desde el "Aleluya", "Hari Rama" o "Vishnú") en todas sus formas.